En estos tiempos digitales se produce la doble paradoja de que por un lado se realizan cibercontactos que pasan luego a la vida analógica y al revés, amigos con los que casi exclusivamentete relacionas a través de la tecnología, bien sea el teléfono, el mail o las redes sociales varias.
Lo importante es darse cuenta de que el ser humano siempre necesita de otro ser humano para trabajar, para amar, para compartir, para apoyar/se, para escuchar o, simplemente para que esté, por si acaso.
El medio casi es lo de menos, aunque a veces, también paradójicamente sea lo de más. En esto también surgen teorías y con ellas o detrás de ellas las voces de expertos diversos: psicólogos, sociólogos, marketing y los perfiles de los consumidores, etc. Existen trucos para saber relacionarse, existen normas de conducta para no gritarse en Internet sin ser consciente, existen protocolos para conocer a gente nueva. Vamos, todo un listado de ofertas que se resumen en el sentido común, la buena educación y las buenas intenciones. Del mal nunca puede salir el bien y no hagas lo que no quieras que te hagan (a no ser que seas masoca que entonces podría decirse que justo lo contrario). Dejar salir antes de entrar, dar las gracias (de corazón) por lo que los demás hacen por nosotros, tratar de ayudar cuando es posible, tener un poco de mano izquierda y saber escuchar a los demás siendo empático sería el resumen casi de lo que contribuye a tener buenas relaciones sociales. Y en estos tiempos que corren se agradece poder parapetarse en un buen abrigo de personas, aunque sea a través de la luminosa pantalla del ordenador, porque el amor y el cariño también traspasan y viajan por la red como el resto de la energía.
Después de mucho tiempo deambulando por espacios ajenos, sin pisar el propio he decidido pasar por el personal, como un turista más. Y me he dado cuenta de que soy residente, y de que echaba de menos volver a casa.
Así que en esta recién inaugurada mañana de domingo soleada (por fin) me dispongo a recolocar las cosas, abullonar los cojines, poner alguna lavadora con la ropa sucia de tanto viajar sin rumbo, cocinar algún guiso casero y comenzar a traer y abrir las cajas con los souvenires adquiridos, las nuevas experiencias y también las viejas, que todas sirven.
Un nuevo espacio para residir, el mismo, el mío, el cálido rincón en el que descansar.
Y para reinaugurarlo nada mejor que un buen aperitivo, invitar a los amigos y compartir buenos momentos.
Como la Navidad, literalmente nos pisa los talones, quiero felicitaros con un “villancico”, si puede llamarse así, que me ha puesto una sonrisa… No es que la serie tuviera mucho éxito, aunque tuviera su punto, la verdad, pero creo que esta canción merece la pena…
Que disfuteis.
Ah! y Feliz Navidad!
Hablar de fe casi siempre se confunde con un tema religioso. Ten fe, y nos trasladamos a las clases de religión o de catequesis. A eso se ha reducido nuestro contacto con la fe. O, precisamente, la ausencia de contacto con ella. Depende del caso. Y es que, en general, esa monopolización de la fe nos ha hecho alejarnos de ella. Aunque, quien sabe, quizá ese fuera, y es, el propósito, que pensáramos que había un recipiente que contenía toda la fe y, si nos alejábamos de los que tenían esa caja mágica, ya no podíamos tenerla, porque, como suelen decir, cuando tienes conflictos con las instituciones que se dicen depositarias de la fe, entonces es que has perdido la fe. Una falsedad más para que no nos alejemos del camino marcado.
Porque, en realidad la fe abarca mucho más que eso, aunque cueste aprenderlo, y lo primero en lo que hay que tener fe es en sí mismo, en los demás, en nuestra vida, en las cosas que hacemos y las que queremos hacer, y para algunos, en el creador, el universo, o, como dijo Trueba, en Billy Wilder. Lo importante es no perder la fe. Y esa es la tarea más complicada de cumplir diariamente. Porque nos hemos alejado tanto de lo que somos que reandar los pasos para encontrar de nuevo la senda que nos conduzca a lo más elemental, es difícil. Por el camino encontramos muchos estímulos, muchas verdades que no lo son, y, aunque sea una frase hecha: los árboles no nos dejan ver el bosque, y al revés. Pero merece la pena intentarlo, buscarlo y perderse, para volver a quedarnos ante un cruce de caminos en el que tenemos que, de nuevo, escoger. Porque eso es la vida, elecciones. Y, poco a poco, ir soltando lastre, quitarnos normas, ser más libres, recobrar la serenidad, y esa inocencia que nos devuelve a la infancia, cuando de verdad somos más puros, tenemos menos miedos y nos sentimos capaces de todo. Querernos, querer y que nos quieran, esa es la cuestión. Y no hay más. ¿Fácil? Quizá no, pero vale la pena.
Dede hace unas semanas suelo visitar los blogs de RTVE porque sorprende la cercanía con la que corresponsales, locutores de informativos y programas exponen temas, y también la cantidad de comentarios que generan, la mayoría interesantes.
En una de estas visitas al blog del corresponsal en Londres, Miguel Ángel Idígoras, pude disfrutar de esta parodia de la crisis, al más puro estilo inglés, que, como él mismo comenta en el blog nos hace recordar a dos grandes del humor español, Tip y Col.
No podía dejar de compartirlo en el mío. Al mal tiempo una sonrisa, o una carcajada. Lo mejor.
Aquí estoy preparando el próximo texto de cosmética para el espacio de radio en el que colaboro y me ha hecho pensar en que, a veces, las cosas aparentemente superficiales mejoran nuestra vida. En lo evidente y en lo que no lo es tanto. Y a veces los términos aparentemente superficiales maquillan cosas mucho más profundas.
Porque cosmética debe ser lo que han utilizado los grandes expertos finanacieros y económicos mundiales para tapar lo que estaba por venir, o para disfrazar su inoperancia, mediocridad, o, siendo peor pensada, mala baba, sabiendo cómo iba a afectar una crisis económica, fundamentalmente al que la sufre, y está visto, que es el que la paga. La cosmética también se utiliza a diario desde los gabinetes de comunicación y de empresa para variar la apariencia de una imagen negativa y los medios a menudo cuentan medias verdades para que la cosa pinte mejor, o peor, según se necesite en cada momento para apagar o avivar los ánimos. Así que está claro que la cosmética no está sólo en los baños, sino en todas partes. En todos los estamentos. En cada uno de nosotros, que en ocasiones también maquillamos la realidad que nos rodea, para que sea más llevadera, ponemos un poco de corrector a nuestros errores y a los de nuestro entorno, aplicamos una buena base para que el conjunto sea más armónico, nos echamos perfume para que todo “huela” mejor, y al mal tiempo buena cara.
Precisamente esta verdad de plantar cara a los malos tiempos me recuerda a una amiga de mi madre, arrastrando secuelas y dolores de una enfermedad, que siempre dice que cuando más le duele, y menos ganas tiene de salir a la calle, se maquilla, se pone bien guapa, y así, viéndose mejor, también le cambia el humor y, hasta parece que el dolor remite un poco. En una de estas asociaciones para enfermas de cancer de pecho una de sus actividades más concurridas son los cursos de automaquillaje, para aprender a mejorar las “sombras” y resaltar las luces. Y es que no sabemos bien cómo funciona nuestro cuerpo y nuestra mente, pero alguien que trata con optimismo y humor una enfermedad tiene muchas más posibilidades de superarla, y poner en marcha ese extraño mecanismo que los medicos llaman de autocuración o sanación, y otros llaman milagro.
Por otro lado, precisamente en la radio, me enteré de que uno de los datos que los economistas tienen en cuenta para saber la salud de la economía es la venta de pintalabios. Sí, las barras de labios, que este año han cumplido 80 años como tales.
Así que ahora mismo voy a por mis pinturitas, y al mal tiempo buena cara. Porque momentos de debilidad tenemos todos y hoy, con tanta noticia mala y tanto miedo al miedo de lo que puede venir, (parece que el coco) mi moral se había aflojado un poco y el buen humor se había tomado el día libre. Pero nada de miedos, nada de incertidumbres, ni de pesimismo. Mejor disfrutar de las cosas buenas, plantarle una sonrisa al presente, porque de eso dependerá como venga el futuro, y rodearse de buenas vibraciones, deseos y actos.
Ah! En la foto os dejo a un mago de los pinceles, que en ese maravilloso libro demostró que el rostro es un lienzo en blanco que puede trasnformarse con un buen maquillaje y una buena iluminación, como la vida, ¿verdad? Depende de como la “pintemos” nos mira mejor o peor. Cada día es un lienzo en blanco por dibujar, cojamos colores alegres, y demos las pinceladas apropiadas de grises, blancos y negros, para que las luces resalten más. Asombrosas fotos de personajes famosos caracterizados como otros famosos. Otro día comparto alguna más de estas visuales transformaciones, pero como muestra un botón: Julia Roberts, como Julie Christie (Doctor Zhivago)
Y para poner banda sonora, música alegre como “Last dance”, de Donna Summer, un clásico de los 70-80’s
Muchas gracias a todos aquellos que en algún momento os habéis parado y leído, o visto alguno de las fotos y vídeos que he ido colgando desde el pasado mes de mayo. Y ya son más de 1.000. Las cifras no son más que eso, cifras. Pero al iniciar esta aventura bloggera nunca pensé en que me dejaran tantos mensajes amables, y en que mis escritos, reflexiones y apuntes en forma gráfica fueran vistos por tanta gente.
MIL GRACIAS A TODOS!!!
Hoy os dejo una recomendación, ver “Brothers&Sisters” (cinco hermanos) que empieza la tercera temporada el domingo en USA, en ABC. Dos días después de la emision puedes verla en ABC, y para no perderte en los diálogos, subitulada en descarga. Si aún no has visto un solo capítulo no dejes de buscar la primera y segunda temporada que han emitido en España en Cuatro y Fox.
Os dejo una promo :
Y el enlace directo del vídeo, que realizó Cuatro para su estreno, de cómo se rueda:
A menudo viendo postales antiguas nos preguntamos cómo vivian entonces, cómo paseaban por esos lugares, qué imagen tenían de sus calles, de su ciudad. Hoy, precisamente, he recibido este archivo que ahora comparto y que me ha hecho añorar la hermosa ciudad en la que nací, y que, viendo sus imágenes de antaño, siempre ha tenido su encanto. Así, he vuelto a pasar mentalmente por el casco viejo, acudido a la biblioteca de La Florida, paseado por la ciudad jardín y sus palacetes, subido con la bici hasta San Prudencio, entrar en los bares de la cuesta y he vuelto a mi casa, la de mis padres.
Por mucho que lo intenten los que hoy vuelven a poner dolor en sus calles nunca conseguirán eliminar todas las cosas buenas que tiene Vitoria-Gasteiz, ni sus vecinos. En un día triste, una gota de amor a la cotidianeidad de esta bonita ciudad.
¿A quién no le gusta degustar un plato exquisito, imaginativo, pero que deje ver la materia prima, que te transporte a otras sensaciones, otros recuerdos?
A menudo buscamos estas sensaciones deliciosas en las cosas cotidianas, porque unos huevos fritos bien elaborados, por no hablar de una tortilla de patatas jugosa, son manjares que pueden hacernos vivir una experiencia estupenda. Ni todo el día “nouveau cousine” ni todo el día huevos fritos. Hay que disfrutar de lo uno y de lo otro. Eso sí, bien cocinado y con una gran dosis de cariño en la elaboración.
Alguien me dice a menudo “malo no está porque todo lo que lleva está bueno”, pero en la combinación está el secreto para que sea memorable o un experimento nada recomendable. Todavía recuerdo el día, en plena adolescencia, en que se me ocurrió hacer trufas. En los ingredientes no me equivoqué. Seguí la receta al pie de la letra en eso, pero las cantidades las eché a ojo de, en este caso, mal cubero y el emplasto de, fundamentalmente azucar, supuso que ningún miembro de mi familia quisiera probarlo. Yo, para mitigar el orgullo, me comí una delante de todos, con el consiguiente dolor de estomago, y la huída durante días de todo lo que llevara azucar.
Ahora sigo las recetas a raja tabla, pero, con la experiencia de años de observar a cocineros, buenos, de los que manejan ingredientes cotidianos y saben elaborar auténticas delicias, me permito alguna licencia, que a veces es un auténtico acierto y otras me devuelve en la siguiente ocasión a la receta clásica. Afortunadamente ya no he tenido que tirar todo el guiso por incomestible. Y, si no fuera por todo lo que se mancha, que es lo que peor llevo de cocinar, me dejaría llevar más a menudo por la imaginación o por el manual, según los casos, para elaborar platos suculentos. Por eso he decidido que mi objetivo es tener una cocina grande, en concreto la de los Walker, de la estupenda serie “Brothers & Sisters” (cinco hermanos), que es como de sueño, y un lavavajillas familiar.
Al comenzar mi relación él me dijo, hablando de vinos, que “para saber cómo huele un cabernet tienes que poner un pimiento verde al sol, después abrirlo, acercarlo a la nariz y respirar profundamente” Esa sensación, que me viene algunas veces a la cabeza, me incita a conocer más vinos, de más lugares y con distintas uvas. Y como poco a coger una copa redonda con largo tallo y abrir una botella, para leer, escribir, hablar con amigos o dejar volar la imaginación. El vino, como la comida, cuanto más lo conoces más lo quieres descubrir. Por ejemplo, viendo “Brothers & Sister” es inevitable querer tener en casa varias botellas de buen vino por si no puedes resistir la tentación de observarles alrededor de esa cocina, que ya envidio, degustando una copa del vino familiar. Pero, son muchas las películas que te transportan a esas sensaciones: “Entre copas”, “Deliciosa Martha” o, incluso “El Padrino”, que hace que te apetezca cocinar unos espaguetti a la bolognesa o una ensalada de tomate.
Los olores, como la comida, nos ayudan a viajar por instantaneas guardadas en nuestra memoria, y no hay nada como reunirte alrededor de una mesa con risas, charlas superfluas o profundas.
Os dejo unos minutos de “Deliciosa Martha”, película que he visto, y veré, varias veces porque transmite ese amor a la cocina y como se cocinan los sentimientos. La vida no deja de ser una sucesión de comidas, algunas estupendas, otras regulares y otras malas. Buena digestión.
La mayor dificultad que se nos presenta cada día es la de concentrarnos en esa jornada, en ese momento. Habitualmente pensamos en el pasado o en el futuro, sin prestar atención al presente. Pues el pasado no se puede modificar, fue el que fue, y el futuro depende del hoy casi en su mayor parte. ¿Por qué entonces no nos concentramos en disfrutar de cada instante?
Pues fácil no debe ser cuando Buda pasó la mayor parte de su vida meditando en ello, pero su experiencia ha servido durante generaciones para tratar de concentrarse en el ahora. No son pocos los libros (muchos bestseller, por lo que es algo que preocupa universalmente y a muchas personas) cuyo contenido trata de convencernos de “el poder del ahora” (así se titula precisamente uno de estos libros). Y eso llevado a otra potencia es el grueso del contenido del famoso y superventas “El Secreto”.
Conferencias, libros, documentales… Son muchos los formatos que tenemos para averiguar cómo lograrlo, pero parece que el ser humano es cabezota, y que se cumple la máxima de que damos siempre con la misma piedra, cada día.
Porque cada día está ahí para disfrutarlo, para saborear cada minuto de él, para rodearnos de las personas que queremos en ese día, para hacer esas cosas pendientes, para leer ese libro que sigue cogiendo polvo en la estantería, para escribir ese mail o hacer esa llamada, para concentrarnos en pensar en nosotros, para mimarnos, para decirle a esa persona que es especial, para abrazar a alguien, o consolarle, o simplemente escucharle, para dar las gracias, para pedir perdón… para hacer lo que realmente queremos hacer.
Un día, hace cerca de 10 años ya, escuché una canción de Ricardo Arjona que se titula “Hoy puede ser un buen día”. Llevaba demorando la decisión de cambiar de residencia y trabajo durante más de un mes, sin decidirme. Me levanté, fui al despacho del director del periódico en el que trabajaba y le comuniqué que en 15 días me iba. “¿A qué medio?” me dijo él soprendido. y le dije “A ninguno, me voy en abstracto”.
Desde entonces he pensado mucho en esa imagen: yo diciéndolo, el director balanceándose en su silla sorprendido, la oferta de mejorar si me quedaba, mi negativa. Dependiendo del momento por el que pasara al recordar esa escena me he culpado por dejarme llevar por una emoción, me he alegrado de haberlo decidido, me he sorprendido de haber tenido ese valor que ahora no encontraba y otras muchas sensaciones. Pero lo que nunca cambia es saber que ese momento, ya entonces, sabía que estaba pletórica y que estaba dando un paso enorme hacia una esperanza. Luther King dijo, “no mires los escalones, sólo da un paso”. Cada día puedes dar ese paso, o más de uno. Hoy puede ser un buen día para hacerlo.