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Cómo hablar cuando sobran las palabras, o faltan. Cuando son tantas las ideas por describir y, al mismo tiempo, tan escasas por falta de concreción. Cuando el tiempo quiere alargarse, que se detenga por miedo a que el instante siguiente rompa este segundo de éxtasis, de pensamientos agolpados sin orden en alguna parte del cerebro.
Cómo explicar lo que se siente, cuando son tantas emociones, tantos sabores mezclándose, aún por hacer la digestión. Pero cuando todo se asienta, y ese instante preciso pasa, después de la digestión, es cuando se destila la esencia y se separan los residuos, como en cualquier proceso biológico. Y entonces es difícil recomponer el cocido, devolverlo a su estado, retomar por separado garbanzos y aderezos varios. Uno ya no se acuerda con exactitud de las cantidades adecuadas para volver a preparar el guiso, exactamente igual al ya degustado. Y el secreto de un buen plato siempre está en la proporción de sus ingredientes, y en esa pizca de improvisación culinaria que es la que diferencia que un plato sea vulgar, para formar parte de la categoría de lo sublime.
Nuestra vida es igual, cuando cocinamos no prestamos atención del guiso y si, por contra, lo hacemos, perderemos de vista esa pizca de magia que hace diferente una comida para matar el hambre del auténtico manjar de los dioses. Tan concentrados estamos en la fórmula matemática. Pero, después de degustar con placer la exquisitez, hemos perdido la perspectiva y no podemos recordar con exactitud si su sabor era más dulce que amargo o llevaba algo de pimienta. Y así corre la vida, pasa sin dar lugar a saborearla con afán, porque incluso en esos momentos estamos expectantes por comer el siguiente plato del menú. Y cuando el almuerzo finaliza el chef ha cerrado la cocina y no podemos repetir.
Porque, cómo retener un atardecer en la playa, o un desayuno perezoso en la cama, o un abrazo, un silencio contenido, una risa, una mirada, la presencia de un ser amado, la emoción provocada por una canción en un instante preciso. Cada momento tiene un algo que lo hace especial y diferente, y la suma de ellos determina que el resultado sume o reste. Que cuente o no cuente. Todos hemos oído historias de personas más lejanas o cercanas que en un momento dado deciden cerrar una puerta y abrir otra, más serena, más pausada, con la que creen retener la vida, contener el torrente cotidiano y detenerse en esas pequeñas cosas que la hacen especial. ¿Y lo consiguen? Quizá si, pero el ser humano es, por lo general, una especie insatisfecha por naturaleza, que cree estar cerca de conocer el secreto de la vida, de la existencia, ese momento sublime, esa luz cegadora que se vislumbra pero que no termina de verse. Y en su búsqueda se pierde la única verdad. En boca de Machado, caminante no hay camino, se hace camino al andar.
Y no hay más misterios, la senda de la vida es lo único que hay, su deambular, los atajos que cojamos, el paisaje que veamos, los caminantes de los que nos acompañemos para hacer más agradable la caminata, la carga que llevemos a nuestras espaldas harán de ese camino un peregrinaje doloroso, o una ruta reseñable de entrar en las guías que se editan para senderistas, con trucos y consejos, y hasta mapas de la zona para hacer más fácil la caminata.
Pero no hay consejo que valga porque el día que decides tú copiar el susodicho recorrido la niebla hace imposible la visión del tan nombrado paisaje, o un incendio forestal ha convertido en un desierto de cenizas el poblado bosque de hayas.
Sólo nos queda tratar de que cada instante de nuestra vida sume, que cuente en el balance final, eso sí, de vez en cuando aderezado de algún matojo de cardos para que tengamos algo que contar del viaje. Porque al final, sólo interesan las anécdotas.
