Poco a poco esta historia irá completándose…
¿A qué personaje histórico admiras? Y la pregunta repicaba por mis neuronas, barriendo mentalmente fotos, películas, libros y apuntes archivados en mi memoria. ¿A qué personaje histórico admiras? Seguía viendo, como sobresaliendo, al final del artículo de la revista semanal, y en mi cabeza imágenes de un Napoleón con la mano en el pecho, la frente despejada de Julio César, el cuerpo delgado de Ghandi, el rostro juvenil de Marlon Brando encarnando a Marco Antonio, el Augusto de la teleserie Yo Claudio, Colin Farrell como Alejandro Magno se sucedían descartando uno a uno, por oscura alma, vulnerable, ambiguo o, en definitiva, cualquier atisbo de debilidad. No hay nadie perfecto, me repetía y entonces me di cuenta de que yo aspiraba a serlo y por eso rechazaba en mí esa debilidad o vulnerabilidad, para mi innecesaria y susceptible de poder corregirse.
A menudo me refugio en las tardes lluviosas, esa lluvia cada vez menos frecuente, algunos dicen que por el cambio climático y otros por la propia evolución natural de la tierra. Así que intentaba exprimir ese momento, habitualmente introspectivo, de balance de temporada y de proyectos futuros, como quien apura la copa prometiéndose una noche estupenda. Pero las cosas obligadas, las propias y las ajenas, no suelen funcionar y ese día no conseguía conectar, primero fue la tele, luego ojear una revista, incluso leer, sin lograr concentrarme, esa novela hasta ese momento apasionante. Y me di cuenta que evitaba ese instante personal, hasta ahora casi religioso, como quien acude a la nevera evitando sentarse a estudiar para un examen. Y así comenzó mi inquietud. Ese detalle impropio me puso en alerta, así que en un momento de valor me acerqué al baño y me planté delante del espejo. La mirada huía en ese rostro tan familiar que al otro lado observaba con curiosidad, pero fugazmente, sin parar la vista en ningún detalle, así que le hablé para llamar su atención.
- ¿Qué pasa Isabel?
Pero no había respuesta. La mirada más huidiza. Comencé a notar un burbujeo en el estómago, un vacío abstracto, y desazón. Después de unos segundos volví a plantarle cara a ese rostro del espejo que en ese momento me produjo ternura, porque vi a una niña asustada esperando protección, como desamparada. Comprendí que era eso lo que producía ese enorme agujero en el estómago, que iba creciendo mientras seguía buscando detrás del espejo. Justo entonces comenzó a sonar el móvil, haciéndome desconectar bruscamente de la tarea. Era Jorge, mi último, podemos decir, ligue. Puse el teléfono en silencio y me dejé caer en el sofá preguntándome si esa llamada, casual, no tendría algo que ver en todo esto que sentía. No es que no lo pasara bien con él, o que no me gustara, o que no viera en él el suficiente interés para seguir repitiendo citas, era más bien algo impreciso que había dejado ir pasando cita tras cita, con él y con otros con los que compartía o había compartido momentos. Me pareció importante preguntarme justo entonces si era yo o eran ellos los que no permitían que esos momentos se transformaran en más. Quizá no encontraba algo, no sé el qué, quizá ni siquiera buscaba, encontraba, y eso me pareció más inquietante porque si al buscar noticias para llenar mi sección sabía lo que quería encontrar, aunque a veces me encontrara historias sin buscarlas, por qué no era capaz de averiguar lo que yo necesitaba, por qué no profundizaba en mi propia vida….
Continuará
¿Uno lleva las riendas o se deja llevar? Estaba segura, ahora, de que llevaba mucho tiempo con el piloto automático, como me dijo un amigo después de su separación. Ese recurso personal de pura supervivencia que en momentos de crisis ayuda a no perder el norte. Por tanto estaba en crisis. Una crisis que no sabía ver cómo ni cuando había comenzado, pero que estaba dispuesta a afrontar porque vivir como un autómata tampoco me pareció el mejor remedio a largo plazo. En estos tiempos de prisas, donde las comidas, las amistades, los trabajos, los viajes y el ocio en general se consume a ritmo de fast food, me revelé ante la posibilidad de hacer lo mismo con mis días, devorarlos uno tras otro sin degustarlos.
Es posible que haber pisado la treintena recientemente me hubiera tocado en el subconsciente, o que el hastío de un día igual que el otro me hubiera llevado al aburrimiento, o que salir casi día sí y día también para olvidarme de mi propia desilusión, seguramente generalizada en todas las facetas de mi vida, estuviera ayudando en mi sensación de cansancio infinito, y que después de cada salida el dolor de la soledad me comiera otro poco.
Continuará
- ¿Cómo que cierran Lambao?, Pero si siempre está lleno de gente, si tienes que pedir mesa con antelación. No entiendo estas cosas, seguro que abren en otro sitio más grande, sino no se entiende, la verdad.
Ana comenzaba abriendo la conversación habitual de los viernes, ese día en que las chicas quedábamos en el mismo bar, a la misma hora, y con casi las mismas caras anónimas de fondo. A su lado en el sofá se acomodada Laura, aún quitándose el abrigo.
- Yo no tenía ni idea, pero tampoco me parece nada del otro mundo, sólo tenemos que buscar otro sitio agradable para cenar, eso sí por la zona, que os veo venir y sinceramente no me apetece ir a la Latina que me pilla muy a desmano
- Mira la otra, siempre tirando para casa
No quise entrar aún en el debate porque veía que de la conversación trivial podía venir la polémica, porque Laura buscaba un sitio desde el que llegar a casa con pocos trasbordos de metro y Ana uno donde charlar, pero donde hubiera cerca bares llenos de solteros con los que poder, si se terciaba, tomar una copa después de cenar, sólo por desplegar sus encantos. Y a mí personalmente en esos momentos me resultaban indiferentes las dos cuestiones.
- Yo no tiro para casa, como dices tú, pero el centro no me queda muy a mano y esta línea de metro me queda mejor que la otra, sólo eso
- Pero si siempre vuelves en taxi
- Pues también el taxi me sale más barato, pero si te parece tan mal lo hablamos, tampoco quiero imponer nada.
- ¿Tú que dices Isabel?
- A mí si que me da igual, yo puedo ir andando a casa desde un sitio y desde el otro.
- Claro, así yo tampoco protesto –dijo, Laura, con mal gesto-
- Bueno, pues propón algo, Laura, no puedes negarte a algo sin más –le recriminó Ana-
- Pero si no me niego, sólo digo que llevamos saliendo por esta zona más de un año, que conocemos los bares, nos gusta el ambiente y no sé por qué hay que cambiar de zona
- Si yo tampoco he dicho que haya que cambiar, sólo que no descarto ninguna posibilidad. ¿Por qué no pensamos en restaurantes que nos hayan gustado, sin tener en cuenta dónde están y lo hablamos entre las tres?
- A mí me parece una buena idea – comenté conciliadoramente-
- Bueno, a mi también, si estáis de acuerdo, pero entonces abramos el campo.
- Claro, eso se sobreentiende en lo que he planteado.
Y comenzamos a enumerar los sitios donde habíamos estado, los leídos como recomendados en las guías de ocio, los mencionados por amigos, hasta llegar al mismo punto de desencuentro, zona arriba, zona abajo. Así que decidí proponer una opción salomónica al debate.
- Bueno, y si vamos probando, empezando por el que más rabia nos dé, tampoco hace falta sacarse el carné de fidelización del local, es sólo la excusa para juntarnos, ¿no?
Parece que resultó la propuesta y decidimos comenzar por uno cerca de allí. En realidad no veía el momento de comentar mis recientes dudas, verbalizar algunas reflexiones y escuchar las opiniones de Laura y Ana. Pero mientras decidía mentalmente cómo empezar a plantear la cuestión, Ana se adelantó con una noticia bomba que seguro iba a monopolizar el resto de la noche. Enrique le había pedido que se fueran a vivir juntos después de unos meses de relación.
Continuará
- Así, de sopetón, cuelgo el teléfono después de pedir una pizza, y sin darme casi tiempo a sentarme en el sofá, me suelta que había pensado que para qué pagar dos alquileres si casi todas las noches nos planteábamos en qué casa dormir, que si era un gasto innecesario, que si era más cómodo no tener que dejar ropa en los dos pisos, que si podíamos buscar algo más cerca de nuestros trabajos y todo, así, de corrido, supongo que el pobre estaba viendo mi cara y cogió carrerilla para que no le cortara – rió Ana.
- Pero, atacando por el lado práctico, que sabía que eso te iba a ayudar a decir que sí, claro – apunté no sin cierto tono cínico.
- Claro, eso estaba pensando yo cuando lo decía. Pero me empezó a dar rabia que no dijera nada emocional tipo, quiero compartir contigo todos los desayunos por la mañana, me apetece despertarme a tu lado… En fin, ¡algo un poco más romántico!
- Pero si tú no eres romántica –declaró Laura.
- Bueno, tampoco diría tanto, todos somos algo románticos, lo que pasa es que es muy relativo, para cada uno significa una cosa, o mejor dicho, damos significado a cosas distintas, depende también del momento. No sé, supongo que también me molestó un poco que supiera exactamente por dónde tenía que llevar el tema. El caso es que, mira que yo había estado lanzando indirectas, muy pequeñas es sí, pero eso ya deja claro que yo también me lo había planteado, porque la verdad que me descoloca dormir cada día en un sitio distinto, que ya no sé donde tengo mis cosas. Pero me hubiera gustado de otra manera, no sé, quizá cenando en algún sitio íntimo, o tomando una copa tranquila escuchando jazz, o yo que sé, de otra manera.
Aunque la relación ya estaba consolidada desde casi el principio, escuchar que se iban a vivir juntos me dio una pequeña punzada en el estómago, supongo que un ramalazo egoísta salió de pronto, planteándome si empezaría a verle menos, y si Laura y yo seríamos las únicas en discutir a partir de ahora por dónde cenar el viernes. Me desconceté un poco de la conversación, sumida en mis propios sentimientos, que por otro lado no llevaba bien porque la conciencia me remordía ante mi propio egoísmo, en lugar de sentirme muy feliz por ella. Y decidí animarle en su decisión para contrarrestar mi propia lucha.
- ¡Olvídate de eso!, Ana, lo importante es que tú ya te lo habías planteado y que él lo ha hecho también. No sé por qué cuándo queremos algo, lo buscamos y luego llega somos incapaces de disfrutarlo, poniendo peros.
- Si tienes razón, eso me dije yo mientras pensaba que no era de esa forma como me lo hubiera imaginado, te lo aseguro, pero a veces me sorprendo abriendo la boca y diciendo algo distinto a lo que me pasa por la cabeza, y se me escapó un, ¿de qué vas?
- ¡No! – exclamé.
- Venga ya, Ana, ¿cómo puedes estropear el momento? – exclamó Laura.
- Lo sé, de verdad. Según salió la primera sílaba ya me estaba arrepintiendo. Pero reaccioné, tranquilas. Le dije que cómo no había esperado por lo menos a que llegara la pizza, en fin que intenté que viera que había sido una expresión sin más, nada importante. Y coló. No se enfadó, sólo puso cara de sorpresa y me miró esperando respuesta. Y claro, le dije que sí, que me parecía muy buena idea, que me apetecía mucho, aunque me daba pereza empezar a mirar piso de nuevo, después de haber encontrado uno con terraza como llevaba tiempo buscando, y por supuesto la mudanza. No hemos empezado todavía, pero hemos quedado mañana en pasear mirando carteles de alquiler por la calle, por Chueca.
- ¡Por chueca!, qué buena idea –exclamé- a mi me encanta esa zona, creo que está muy bien, la verdad, tiene vida, unos locales bonitos, esos sí, creo que de supermercados anda escaso, aunque todo tiene un pero, ¿no?
- Eso pienso yo. En eso nos pusimos de acuerdo enseguida, además Enrique tiene unos compañeros del curro que viven allí y pueden ir en coche juntos al trabajo. A mi no me queda a desmano, la verdad, así que nos pareció una buena idea, eso sí, ya me han dicho que los alquileres se han puesto por las nubes.
- ¿Y dónde no? – argumentó Laura
- Pues sí, -dije yo – decide dónde te gusta y ya está porque caro está todo.
Continuará…
1 respuesta hasta el momento ↓
mai selbor // 17 Octubre 17UTC 2008 a 2:33 pm |
Me gustó lo que leí, te ánimo a que sigas escribiendo, a que sigas construyendo éste relato. besos.